
Encargar, por parte de un club(el subterfugio de que lo hacen las peñas es muy antiguo y no se lo cree nadie, ni ellos mismos) 45.000 caretas con el rostro de Cristiano Ronaldo para tratar de influir en los votantes (en los pocos que aún no se hayan visto influenciados por la propaganda, cara, carísima realizada a la vez en la campaña de acoso y derribo a los rivales, intentando elevar a la categoría de obra de arte, unos penaltis y unas carreras sin rival enfrente), que aun se resistan entre votar a Messi con su fútbol de 18 kilates y los zapatazos de Cristiano cuando el rival no defiende,o entre los títulos de Ribbery y los ridiculos del portugués, que en los años que lleva en el Real Madrid, su club ha gastado más que nunca obteniendo menos resultados que en la mayoría de los quinquenios de su larga historia.

En los foros de ese madridismo que detesta a Casillas y añora a Mourinho, que aborrece a la selección española y defiende a Portugal, hace unas semanas nadie hablaba de ese nuevo balón de oro, simplemente se recomendaba a Cristiano que no acudiera a la entrega, para que, como su idolatrado entrenador, nunca estuviera presente cuando otro ganara( ni en finales colectivas, ni en premios individuales), demostrando esa ausencia de deportividad, de la que han abominado tiempo ha.
De repente, el gesto de Blatter ": “vale, Cristiano ha perdido, pero vamos a darle otra oportunidad y a ver si alargando un mes los votos,somos capaces de conseguir entre todos la victoria” los ha unido en una causa común. Necesitan ganar algo, levantar un trofeo, salir en portada por algo positivo.
La prensa que se habia quedado con los almacenes llenos de vasos, copas y vajillas con el escudo blanco no sabe a quién vendérselos, los rivales no quieren que se les confunda y sabiendo que van a medirles la bufanda, quieren demostrar quien la tiene más larga, y las emisoras de radio, asustadas por si los anunciantes se replantean las cuñas, se lanzan en una carrera desmedida de alabanzas sin medida, sin importarles hacer el ridículo, en su lucha por arrastrarse más y mejor que el resto.

Y las 45.000 caretas, las 45.000 mascaras italianas , van a configurar un baile interminable de rostros compungidos, de rostros intercambiables, un baile que durará dos horas pero que perdurará en el tiempo
que sera recordado
como uno de los ridiculos mayores de un club de fútbol, que, suplica, mendiga, un trofeo individual, para a continuación, aceptar el veredicto como justo(si es el que esperan) o volver a su acostumbrado pataleo anual si se vota lo que cada uno desea sin presiones, el pataleo de quien no acepta los resultados de unas urnas y ha de ganar fuera lo que es incapaz de ganar con métodos tradicionales.
Y ya no podran quitarse la careta